
La Arena.com.ar edición del 22/7/2009
Para la historiadora Fernanda Gil Lozano, integrante del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y coautora de “Historia de las mujeres en Argentina”, de la Editorial Alfaguara, “Los bronces de las plazas argentas y los libros de texto que todavía se utilizan en clase, son un claro ejemplo de esa historia oficial, contada en masculino y jalonada sólo por las acciones heroicas de algunos varones”. Por ello, Gil Lozano considera necesario renovar la historia social argentina, resituando a las mujeres, y deslizarlas desde el lugar marginal al que fueron confinadas en los relatos tradicionales, hacia el centro de la escena. Esta operación tiende no sólo a hacer visibles a las mujeres sino también a elevarlas a la categoría de sujetos dignos de la historia, para que realmente la historia dé cuenta de los diferentes sectores que participaron en la conformación del pasado de la sociedad argentina, “sin connotaciones androcéntricas ni prejuicios sexistas”.
A propuesta de la ministra de Defensa, se ha resuelto la promoción post mortem de la teniente coronela Juana Azurduy, al cargo de generala del Ejército. Es la primera y única mujer en alcanzar tan alto grado militar.
IRINA SANTESTEBAN
Por esas paradojas de la historia, el decreto 892/09 fue suscripto por dos mujeres: la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner y la ministra de Defensa, Nilda Garré.
En los considerandos de la resolución se detallan aspectos de la vida de la teniente coronela Juana Azurduy de Padilla, nacida el día 12 de julio de 1780 en Chuquisaca, actual territorio del estado plurinacional de Bolivia, hija de un terrateniente español y de una madre aborigen. Casada a los 25 años con el criollo Manuel Asencio Padilla, se sumó con su marido a la lucha independentista, integrando el primer ejército nacional. Se integró luego a las filas del ejército del general Manuel Belgrano, para quien organizó y entrenó una milicia de diez mil lugareños: eran Los Leales, y al mando de ellos peleó en la batalla de Ayohuma. Pese a la derrota, Belgrano destacó su actuación y le regaló una espada, como premio al coraje demostrado por Juana en el campo de batalla.
Fue Belgrano quien solicitó al Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Juan Martín de Pueyrredón, que se promoviera a Juana Azurduy al grado de teniente coronela de los Decididos del Perú, por su actuación en la campaña militar.
Con Bolívar.
En su artículo Juana de América, Alberto Lapolla, director del Centro de Estudios y Formación de la Central de Movimientos Populares (CMP), dice que luego del asesinato de su esposo y de varios de los principales jefes guerrilleros, Juana se dirige a Salta y combate junto a Martín Güemes, quien la protegió y le dio el lugar correspondiente. Cuando Güemes es asesinado en 1821, Juana entra en una profunda depresión y en 1825 solicita auxilio económico al gobierno argentino para retornar a Chuquisaca. La respuesta del gobierno de Salta, según Lapolla, fue poco menos que indignante, pues apenas le otorgó 50 pesos y cuatro mulas para llegar a la nueva nación de Bolivia.
El 8 de diciembre de 1825, otra luchadora por la emancipación americana, Manuela Sáenz, compañera de Simón Bolívar, le escribe una carta donde le transmite la emoción que embargó al Libertador cuando la visita para reconocerle personalmente sus sacrificios por la libertad y la independencia. En esa ocasión, Bolívar asciende a Juana al grado de coronela, y exalta el valor y la abnegación que mantuvo durante los años más difíciles de lucha por la independencia.
Dice Manuela Sáenz “Una vida como la suya me produce el mayor de los respetos y mueven mi sentimiento para pedirle pueda recibirme cuando usted disponga, para conversar y expresarle la admiración que me nace por su conducta; debe sentirse orgullosa de ver convertida en realidad la razón de sus sacrificios y recibir los honores que ellos le han ganado”.
“Me siento triste”.
Juana Azurduy responde esta amable carta en estos términos: “Llegar a esta edad con las privaciones que me siguen como sombra, no ha sido fácil; y no puedo ocultarle mi tristeza cuando compruebo cómo los chapetones contra los que guerreamos en la revolución, hoy forman parte de la compañía de nuestro padre Bolívar. López de Quiroga, a quien mi Asencio le sacó un ojo en combate; Sánchez de Velasco, que fue nuestro prisionero en Tomina; Tardío contra quién yo misma, lanza en mano, combatí en Mesa Verde y la Recoleta, cuando tomamos la ciudad junto al general ciudadano Juan Antonio Alvarez de Arenales. Y por ahí estaban Velasco y Blanco, patriotas de última hora. Le mentiría si no le dijera que me siento triste cuando pregunto y no los veo, por Camargo, Polanco, Guallparrimachi, Serna, Cumbay, Cueto, Zárate y todas las mujeres que a caballo, hacíamos respetar nuestra conciencia de libertad. No me anima ninguna revancha ni resentimiento, sólo la tristeza de no ver a mi gente para compartir este momento, la alegría de conocer a Sucre y Bolívar, y tener el honor de leer lo que me escribe. La próxima semana estaré por Charcas y me dará usted el gusto de compartir nuestros quereres. Dios guarde a usted. Juana”.
Evidentemente, y como tantos otros patriotas, Juana sufre no sólo las privaciones económicas que le hicieron pasar sus últimos años en condiciones difíciles, sino que no se resigna a ver lo que ella llama “patriotas de última hora”, gozando de las mieles del triunfo y se queja de no ver al lado del Libertador a quienes lucharon y dieron sus vidas para ponerlos al servicio de la causa emancipadora. No obstante, Juana resalta en esa carta el valor de Bolívar y de Manuela, quien había sido designada coronela antes que ella, por su participación en la lucha independentista.
La mujer en la independencia.
En su libro “Juana Azurduy y las mujeres en la revolución altoperuana”, la historiadora Berta Wexler -del Centro de Estudios Interdisciplinarios sobre las Mujeres de la Universidad de Rosario- pone de resalto el rol de las mujeres tanto en la participación de acciones de guerra, como en la discusión de estrategias y tareas de inteligencia, a raíz de las cuales les tocó sufrir consecuencias como la tortura y la muerte. “Las mujeres jugaron roles cruciales en cada uno de los procesos socio-políticos de nuestra historia. Muchas veces forzaron los límites de los cánones de su época que veía sus valientes acciones en el frente de batalla como ‘poco comunes’ para su sexo”.
“La misma sociedad machista no las dejaba ocupar lugares. Por eso aparecen tan pocas. La historia del Alto Perú está cimentada sobre héroes y heroínas anónimas. Algunas, reconocidas por la historia como Juana Azurduy y las de la Coronilla. Estamos en la tarea de descubrir otras más”, dice Wexler.
Los invisibles.
Muchas de las mujeres que conocemos por sus nombres en nuestra historia, estaban vinculadas por lazos de parentesco a los dirigentes de la lucha independentista: hermanas, hijas, esposas. Su participación era casi siempre garantizar la logística militar y actuar como emisarias o espías. Aún así, esta actuación no sólo no fue valorada, sino que tampoco fue recogida, analizada e incorporada a la historia.
Por ello, este reconocimiento del gobierno argentino a una mujer como Juana Azurduy, es muy positivo y ayuda a una nueva interpretación de la historia argentina, en la que figuren todos sus actores y no sólo los que han rescatado los manuales escolares, donde casi no figuran las mujeres, los esclavos, los pueblos originarios, y en general los sectores que, aún hoy, son los eternos sujetos invisibles de la “historia oficial”.