
Mujeres invisibles,
en una historia oficial contada en masculino
En el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 se reunieron 251 vecinos a intentar resolver la crisis por las que atravesaba el entonces Virreinato del Río de la Plata. Todos eran varones, ¿dónde estaban las mujeres en el bicentenario?
IRINA SANTESTEBAN
Ante la situación en España, con el rey Fernando VII prisionero de Francia, un grupo de ciudadanos de Buenos Aires, le hizo saber al virrey Cisneros que había que convocar a un Cabildo Abierto para decidir qué hacer. El derecho español preveía especialmente esta causa para la convocatoria a un Cabildo Abierto, pues ante la vacancia en el trono real, la soberanía debía volver al Cabildo, que era un organismo que representaba al pueblo.
Pero no todos concurrían a este Cabildo Abierto, pues los vecinos debían cumplir una serie de requisitos para ser considerados tales: casa poblada, armas y caballo, con residencia comprobable durante una serie de años, sin ausencias, pues en tal caso se debía dejar a algún hombre con condiciones similares en su reemplazo.
Al Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 concurrieron 251 vecinos, aunque se habían cursado 450 invitaciones, pero los criollos ejercieron una dura presión para evitar que ingresaran los que podían votar a favor del Virrey. Entre los concurrentes no había ninguna mujer.
No es extraño, pues desde antes de los sucesos de 1810, una mujer como la tucumana Manuela Pedraza, que había peleado con bravura en las invasiones inglesas, es prácticamente ignorada en nuestros libros de historia. Algunas crónicas de esa época cuentan que salvó la vida de su marido, matando al inglés que lo había herido y persiguiendo a otros invasores. Liniers le reconoció honores y un sueldo fijo, le otorgó el grado de alférez y la incorporó al Batallón de Patricios. Pero luego, como muchos de los que pelearon en la gesta independentista, murió olvidada y en la miseria.
Mariquita.
Quizás una de las mujeres más conocidas en los libros de historia de aquellos años, es Mariquita Sánchez de Thompson, en cuyo salón se cantó por primera vez el Himno Nacional, el 14 e mayo de 1813. Pero en realidad, María Josefa Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velazco Trillo, primero casada con su primo Martín Thompson y luego con el francés Washington de Mendeville, fue una de las primeras mujeres argentinas políticamente activas. Su casa de la calle Umquera, hoy calle Florida, acogió a las personalidades de la causa revolucionaria de 1810 y en ella se realizaban veladas políticas y sociales, donde María demostraba ser una aguda anfitriona, y más de una vez emitía opiniones “políticamente incorrectas”.
Como la mayoría de las damas de entonces, formó parte de la Sociedad de Beneficencia, siendo una de sus fundadoras de esa institución que tenía a su cargo las escuelas y colegios de mujeres de toda la provincia de Buenos Aires, además de la administración de hospitales y casas de huérfanos.
Más de cien años después, las aristocráticas mujeres de esa Sociedad de Beneficencia serían humilladas en la mismísima Casa Rosada por otra mujer descollante en la política argentina, Eva Perón.
Una hermana.
Magdalena “Macacha” Güemes, era la hermana del general Martín Miguel de Güemes, y fue una de sus más eficaces colaboradoras en la acción revolucionaria que desarrolló el caudillo salteño en el Ejército del Norte.
Si bien había recibido la educación habitual para las mujeres de su época y posición, Macacha tenía una rica personalidad que le permitió destacarse en una labor nada fácil, cual era la de ser mensajera y espía del ejército libertador, en muchas ocasiones tras las propias filas realistas.
Desde confeccionar ropas para las tropas que comandaba su hermano, hasta realizar tareas arriesgadas, nada amilanaba a esta mujer, dueña de un gran valor e inteligencia, no siempre reconocida en nuestros libros de historia.
Cuando Güemes muere luego de ser herido por una partida realista, Macacha continúa con una activa participación en los sucesos políticos de Salta, hasta su muerte en 1866.
Roles cruciales.
“Las mujeres jugaron roles cruciales en cada uno de los procesos socio-políticos de nuestra historia. Muchas veces forzaron los límites de los cánones de su época que veía sus valientes acciones en el frente de batalla como ‘poco comunes’ para su sexo”.
“La misma sociedad machista no las dejaba ocupar lugares. Por eso aparecen tan pocas. La historia del Alto Perú está cimentada sobre héroes y heroínas anónimas. Algunas, reconocidas por la historia como Juana Azurduy y las de la Coronilla. Estamos en la tarea de descubrir otras más”, escribe la historiadora Berta Wexler en su libro “Juana Azurduy y las mujeres en la revolución Altoperuana”, del Centro de Estudios Interdisciplinarios sobre las Mujeres de la Universidad de Rosario, poniendo de resalto el rol de las mujeres tanto en la participación de acciones de guerra, como en la discusión de estrategias y tareas de inteligencia, a raíz de las cuales les tocó sufrir consecuencias como la tortura y la muerte.
Claros ejemplos.
Otra historiadora, Fernanda Gil Lozano, integrante del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y coautora del libro “Historia de las mujeres en Argentina”, de la Editorial Alfaguara, expresa que “Los bronces de las plazas argentinas y los libros de texto que todavía se utilizan en clase, son un claro ejemplo de esa historia oficial, contada en masculino y jalonada sólo por las acciones heroicas de algunos varones”.
Por ello, Gil Lozano considera necesario renovar la historia social argentina, sacando a las mujeres del lugar marginal al que fueron confinadas en los relatos tradicionales, hacia el verdadero rol que cumplieron en nuestra historia. No sólo para hacer visibles a las mujeres sino también para elevarlas a la categoría de sujetos dignos de la Historia, para que se cuente realmente cuál fue la participación de los diferentes sectores en la conformación del pasado de la sociedad argentina, “sin prejuicios sexistas”.
Muchas de las mujeres que conocemos por sus nombres en nuestra historia, estaban vinculadas por lazos de parentesco a los líderes de la lucha independentista: hermanas, hijas, esposas. Su participación era casi siempre garantizar la logística militar y actuar como emisarias o espías. Aún así, esta actuación no sólo no fue valorada, sino que tampoco fue recogida, analizada e incorporada a la historia.
Prejuicios sexistas.
Es una tarea pendiente todavía en nuestro país, donde se conmemora el Bicentenario bajo la presidencia de una mujer, que ha sido también muy criticada en muchos casos bajo claros prejuicios sexistas.
Al igual que el reconocimiento que el año pasado se hizo a Juana Azurduy, ascendida post mortem a generala, la primera de nuestra historia, es necesario que las jóvenes (y no tanto) historiadoras argentinas, se esfuercen en brindarnos una nueva interpretación de nuestro pasado, donde figuren todos sus actores: las mujeres, los esclavos, los pueblos originarios, y todos aquellos que todavía son los eternos sujetos invisibles de la “historia oficial”.
Nota publicada por La Arena. com