3 de Abril, 2009

Violencia de género en el Congreso Nacional

El martes mi compañera de bloque, la diputada Patricia Bullrich, hacía uso de la palabra en la Cámara de Diputados argumentando cómo el adelantamiento del calendario electoral podría acarrear serias “desprolijidades”. Mientras expresaba sus conceptos, Jorge Montoya, un diputado del bloque Unión Peronista electo por Córdoba, se acercó a su banca y en voz baja le dijo: “Callate atorranta, no te metas con Córdoba porque te vamos a hacer cagar”.

Para algunos desprevenidos, y más aún para aquellos que asumen como “natural” amenazar e insultar, este hecho podría pasar inadvertido o como una “chicana” más en un ambiente caldeado, dando por sentado entonces que, al debatirse ideas, todo se puede decir, sobre todo cuando lo que se dice se hace en voz baja, solapadamente y a una mujer.       

Pero no es así, cuando se insulta o se ejerce una amenaza, ya sea en la calle, en el trabajo, en la casa o en el Congreso Nacional, se trata de un acto de violencia. Y cuando las amenazas e insultos se vierten contra una mujer, estamos en presencia de una violencia de género, una violencia que contiene siempre una de las más cotidianas, naturalizadas y despreciadas formas de ejercer dominio masculino. Es la violencia que antecede a los golpes, a la violación y a otras formas de maltrato pero que, a diferencia de estas, no deja huellas físicas.  

¿Se puede pasar por alto un ejercicio de violencia de género que además, se perpetró en la Casa de las Leyes, en ese mismo ámbito que la semana anterior aprobó una ley de “protección integral, para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres”?

El Diputado Montoya dio su voto afirmativo en esa sesión del Congreso Nacional. Pero quizá el suyo fue otro típico acto la “disciplina partidaria”, a juzgar por su ejercicio de poder contra la Diputada Bullrich.

Una afrenta de igual magnitud, si no peor, fue la que tuvieron quienes salieron en su defensa. Me refiero a los dichos de la diputada Graciela Camaño, también del bloque oficialista. Casualmente, ella estuvo ausente en votación de la ley contra la violencia hacia las mujeres. Pero ayer, apoyando a su compañero de bancada, tuvo el tupé de afirmar que en la Cámara de Diputados nunca se había ejercido violencia de género salvo en la ocasión en la que, ya hace años, una diputada le dio un cachetazo a un diputado. Obvió aclarar, sin embargo, que el sopapo sobrevino luego y porque ese diputado varón la había insultado tratándola también de “atorranta”.

Así la diputada Camaño se vuelve cómplice, niega y ningunea. Y también olvida que su banca no sólo es fruto de su militancia, sus negociaciones y vínculos. Olvida que su lugar como representante legislativa es el fruto de años de luchas de otras mujeres. Las luchas de otras mujeres feministas y políticas que no cejaron hasta  conquistar una ley de discriminación positiva en 1991, que obligó desde entonces a los partidos políticos a incorporar en sus listas a las mujeres.

Exijo seriedad y coherencia en las respuestas que la Cámara de Diputados debe dar. Nunca más una mujer violentada.

Dejar comentario